El escenario de pasto brilló más que cualquier otro, como si hubiera sido una tarde de primavera puliendo el suelo con cada rayo de septiembre. Porque la escenografía natural del otoño fue re pintada a todo deseo de la estampa del más lindo clima y mayo, no pudo más que ceder a la fuerza de esas tonalidades que desde los trajes y vestidos colorearon ese espacio donde todo fue diferente, todo fue emotivo, todo fue merecidamente pensado y sentido: bailar ante la Profe, saberse recorridos por su mirada y tocados por su inmensa docencia, compartiendo una vez más el amor y la dedicación a la danza.

Fue así que mayo y el otoño se trastocaron en primavera para poner esperanza desde la música y abrazo desde la danza, todo debidamente envuelto en emoción y entregado como el mejor regalo desde ellos y para ella: el grupo de danza “Los Jóvenes Abuelos” para su profesora Silvia “Kikú” Falcione, que recibió además otro gesto de hermoso sentimiento de orgullo y admiración: cambiaron su nombre y desde ahora se llaman “Grupo Folclórico Kikú Falcione”.

Platea privilegiada

No fue solo espectadora, sino que continuó siendo su maestra, la profe, la directora y alma de ese grupo de bailarinas y bailarines que la homenajearon. Y es que Kikú se encuentra bajo los cuidados del Hospice “Madre Teresa” y hasta allí fueron sus alumnos para una vez más bailar con ella, ante ella, para ella.

“Nos pusimos los trajes con los que nos presentamos en distintos eventos y bailamos en el jardín unas danzas aprendidas con ella. Fue muy emotivo ese compartir lo que Kikú nos hace amar: danzas de nuestra Argentina”, mencionaba en redes sociales su gente, no solo ese grupo de alumnos, sino de alguna manera todos quienes hayan pasado alguna vez por la docencia de Silvia “Kikú” Falcione y que tienen arraigados movimientos en el alma que recrean danzas de este territorio argentino.

Ella supo y sabe cómo hacer para preservar el espíritu del arte y la cultura, cómo abrir caminos para la valoración de nuestro patrimonio cultural y hacer que la danza sea un gran abrazo a lo que fuimos, somos y podemos ser.

Y esos bailarines, ahí, a pleno jardín del Hospice, con su querida profesora compartiendo el escenario natural, bailaron al ritmo de lo que llevaron como mejor ofrenda: un abrazo. Y Kikú, abrazada en música, homenajeada en danza, fue una vez más la gran y querida profesora.