Es la casa de la infancia compartida. La casa de patio grande que encuentra a todos. La casa de las Salitas que arrullan los sueños chiquitos que serán proyectos grandes con el cimiento de los aprendizajes. Es donde la familia abre las palmas para compartir el tesoro que son los hijos. Es la casa del barrio que escucha el bullicio de la niñez. Tan querido es el Jardín, que cuando recibe un nombre, todo es alegría.

Como esa alegría que finalmente tuvo un día de concreción: el 5 de noviembre cuando en un acto de esos que no se olvidan, se realizó la imposición de su nombre.

HACEDORA DE LA HISTORIA

El andar de Martha fue fructífero. Sembró días y hoy esos días florecen en los chicos que forman parte de la comunidad educativa del establecimiento de Nivel Inicial que lleva su nombre.

Comunidad que la homenajeaba compartiendo una semblanza de su trayectoria: “Martha Lozano nació en 1926 en Cerrillos, provincia de Salta, en circunstancias que su familia siempre recordaría como casi milagrosas. Su madre, Paulina Acosta, había sido sometida a una operación en la que le habían extraído el útero, pero, contra todo pronóstico médico, algo de tejido quedó, y allí se gestó Martha. Su padre fue Julio Lozano Tedín, descendiente, según contaban, de uno de los gauchos de Güemes que defendieron heroicamente la ciudad de Salta. Por razones que se desconocen, sus padres nunca legalizaron su unión. Paulina trabajaba como ama de llaves para los ingenieros que construían el famoso Tren a las Nubes, y se cree que el nombre Martha le fue puesto en homenaje a la hija del ingeniero Maury, figura clave en aquella obra. A los cuatro años, Martha vivió una experiencia que marcaría su vida: su tía Catalina Acosta, maestra pionera, se internó en el Chaco salteño para fundar una escuela rural entre el pueblo originario de los chiriguanos del linaje Tamayuque. Como la hija de Catalina estaba enferma y tenía la misma edad que Martha, ambas hermanas intercambiaron a sus hijas. Así fue como Martha aprendió sus primeras letras en esa comunidad indígena, bajo la custodia silenciosa de un viejo guerrero chiriguano que la acompañaba siempre con un bastón que podía convertirse en lanza. El cacique del lugar, con sabiduría y humildad, explicaba que esos niños no eran sus hijos verdaderos: todos llevaban el apellido Tamayuque, impuesto por el Estado. Luego, ya en Salta capital, cursó el primer año de la primaria en un prestigioso colegio católico. Creció entre aromas de albahaca, zambas, guitarras y versos, en un barrio donde también vivía la familia Dávalos, referentes de la cultura salteña. Su infancia estuvo impregnada de poesía y música, y siempre recordaría su tierra natal con cariño”.

Se señalaba también que luego se instalaron en Buenos Aires donde fue pupila en una escuela de monjas, luego alumna en otra institución religiosa y más tarde en una escuela dirigida por las Hermanas Vicentinas, en Villa Sarmiento.

“Martha completó sus estudios primarios y, alentada por sus maestras, se postuló y fue admitida en la Escuela Normal Nacional de Maestras Nº 4 D.E. 8° de Capital Federal, ubicada en Rivadavia y Acoyte. Viajaba todos los días en tren y tranvía, monitoreada por el jefe de estación Walsh, padre de la futura escritora María Elena Walsh. Entre sus compañeras de viaje estaban las hermanas Unía: una de ellas sería la madre del periodista Rolando Hanglin, y la otra, Diana Ingro, reconocida actriz de los años 50. En esa escuela, Martha conoció a figuras como Alicia Moreau de Justo y su madre, la Dra. Justo. Allí se abrió a nuevas pedagogías, inspiradas por Rosario Vera Peñaloza, Martha Salotti, María Montessori y Pestalozzi. Adoptó con entusiasmo las ideas sobre el respeto a la infancia, el valor de la intuición y la importancia de la vida rural en la educación”, proseguía la semblanza.

En la que se destacaba también: “Se recibió de maestra normal en 1943, con una profunda vocación por los ‘kindergartens’, convencida de que la educación inicial era fundamental para formar personas íntegras. El fallecimiento de su padre truncó sus sueños de viajar a Europa y seguir la carrera de Letras. Aun así, comenzó a dar clases particulares y a cursar Asistencia Social en el Museo Social Argentino. Uno de sus alumnos fue Víctor Viora, quien más tarde sería su esposo. Entre 1944 y 1945 trabajó como telefonista en la empresa de telefonía, entonces en manos inglesas. Comenzó en Ramos Mejía y llegó a ser jefa de sección en la central de Defensa, a metros de la Plaza de Mayo. Siempre rodeada de personas con inquietudes sociales, asistía con Víctor a la Biblioteca Socialista de Caballito, y entre sus amigas se contaban militantes comunistas como Irene Rodríguez y Blanca Bosnia. Incluso llegó a cruzarse con Eva Perón, a quien recordó por ‘su piel preciosa y su carácter enérgico’. Se casó en 1951. En 1952 nació su primera hija, Liliana Mónica -el segundo nombre elegido en homenaje a la hija de Manuel Belgrano, prócer admirado por Martha- y en 1954 nació Silvia Susana. En 1955, por razones personales, la familia se mudó a Olivera, donde primero alquilaron una quinta y luego compraron tres hectáreas cercanas al pueblo. Allí construyeron su casa y comenzaron una granja con ponedoras y venta de pollitos”.

Y agregaba: “En 1958, Martha sufrió una efisema pulmonar y debió tratarse en Buenos Aires. Mientras duró su tratamiento con el doctor Choulamian -descendiente de armenios, cuya humanidad y eficacia la marcaron profundamente-, sus hijas fueron pupilas en el Colegio Pío X de San José, de las Hermanas Pobres Bonaerenses. Esa experiencia, aunque dura, reforzó en ella la vocación por la educación y el arte. En 1967, con 41 años, dio a luz a su tercera hija, Marcela Victoria. A la familia se sumó también Miguel, un joven proveniente de un instituto de menores. Fue entonces cuando Martha sintió que debía retribuir todo lo recibido: la vocación de sus antiguas maestras, la contención de las hermanas, el apoyo de la comunidad. Pensó en un proyecto educativo, algo para devolver a su pueblo”.

Por su parte, “en el verano de 1970 la curia decidió que el sacerdote ya no residiría en Olivera, dejando vacía la casa parroquial. Martha presentó entonces a la Sociedad de Fomento el proyecto de un jardín de infantes comunitario, y con el apoyo de las familias, comenzaron las clases el 1 de julio de 1970 con solo seis niños. Dos años más tarde, en una asamblea infantil, los pequeños eligieron el nombre: ‘La Jirafita’, inspirado en su cuento favorito. Aunque Martha no era maestra jardinera, su formación, experiencia y compromiso eran indiscutibles. Junto a Hugo Pacheco y muchos vecinos, levantaron esa primera institución cultural y educativa de Olivera. Años después, el jardín fue finalmente reconocido y se incorporaron docentes formadas como la señorita Mary, quien continuó su legado. Martha siempre dijo: ‘Yo hice lo posible’. En tiempos duros, como el golpe militar del 76, comprendió que no podía insistir más. Sin embargo, su semilla ya había florecido. Dedicó el resto de su vida a su familia, su granja, sus animales, el arte, la poesía y el estudio del italiano. En 1999, se mudó a Luján para estar cerca de su hija mayor, que atravesaba una enfermedad”.

Por último, recordaba que “falleció en Jáuregui a los 87 años. Muchos de sus exalumnos fueron a despedirla. Fue imposible describir con palabras esos ojos llenos de amor con los que los miraba. Porque para ellos, Martha siempre fue la primera maestra, la que sembró valores, ternura y futuro en tierra de Olivera”.

SIGUE EN EL HOY

El hacer de Martha sigue latiendo y pone vida a esa edificación, con sensación de casa, que es el Jardín. Y en ese día especial con el nombre como abrazo por siempre, Graziella Macagno, una de sus primeras alumnas y vecina destacada de Olivera por su constante construcción de memoria del pueblo, ofrecía sus palabras ante la gran cantidad de personas que fueron parte del acto de imposición del nombre.

“Hoy es un día muy especial, profundamente emotivo , lleno de sentido para todos los que formamos parte de la historia de este pueblo. Ver que, al fin, el Jardín de Infantes lleva el nombre de Martha Alicia Lozano de Viora, es un acto de justicia, de amor y de reconocimiento a una mujer que sembró con dulzura, vocación, coraje, liderazgo, trabajo en equipo, el camino de la educación inicial en Olivera” decía Graziella.

Y destacaba: “Martha se animó a crear el primer Jardín de Infantes de nuestro pueblo: ‘La Jirafita’ nombre elegido por sus niños -nosotros- del cuento de su autoría que simbólicamente contaba su historia” y sumaba: “Años más tarde, ese legado continuó con la creación del Jardín Estatal N°928, aprobado el 31 de mayo de 2017, durante la gestión del intendente Oscar Luciani, con la presidenta del Consejo Escolar Graciela Viviana Flosi y la inspectora a cargo María Eugenia Córdoba.

Llegaron entonces los primeros nombramientos: Yanina Boccardi, Daniela Mamausse, Sandra Lucero, Nadia Goñi, Marcela Marchiano, Marina Gutiérrez, Adela Rampazzi, y como directora, Carolina Castellón, inaugurándose oficialmente el ciclo lectivo el 3 de julio de 2017. Ese mismo año, en septiembre, se sumó la salita de 2 años, ampliando aún más los sueños de Martha”, sueños que tuvieron raíz y cielo y un gesto democrático y emotivo: organizar una votación para que el Jardín 928 tuviera nombre. Hubo presentación de propuestas, la comunidad participando y el resultado.

“Fue un momento emocionante: el nombre elegido por todos fue ‘Martha Alicia Lozano de Viora’, y lo celebramos con inmensa alegría. En agosto de 2023, por iniciativa de su directora -Carolina Castellón- continuó sumando identidad: se eligió el logo que tenía la ovejita verde – inspirada en el cuento ‘La Jirafita resfriada’-, símbolo de ternura y sellando así una fusión con el otro querido jardincito, que inició esta historia. La ovejita representa al pueblo trabajador, las ovejas de la familia Olivera, y la colaboración permanente de todos. Así, ‘La Jirafita’ y ‘La Ovejita’ se unieron en una sola historia, la historia de amor y comunidad, el lema que Martha comenzó hace ya más de cincuenta años. En noviembre de 2023, se realizó el mural conmemorativo, sellando para siempre este legado que hoy honramos con emoción y gratitud. Porque este nombre no solo recuerda a una maestra: recuerda una mujer que soñó, que creyó en los niños, que confió y que dejó huellas que aún iluminan cada rincón de ambos jardines, y la enseñanza que todo trabajo y esfuerzo se premia. Gracias, Martha, por tanto amor”, decía Graziella desde su alma de aquella pequeña alumna y de esta persona comprometida con el pueblo que es hoy, agradeciendo el acompañamiento de vecinos, autoridades educativas y demás personas que fueron parte de este camino.

Al acto le llegaron más gestos de emoción: los pequeños alumnos realizando actividades en torno a la figura e historia de Martha y la presencia de parte de su familia: su esposo, hijas, nietos y bisnietos, todos, rememorando la raíz profunda del sueño de Martha, que se hizo cielo en cada guardapolvo y sigue creciendo con la certeza de la educación que vive, en el querido Jardín.