Arrancó el ciclo lectivo y la inteligencia artificial ya está ahí, no como novedad, como presencia, y con ella, preguntas que no estaban en ningún programa de formación docente.

“¿Cómo sé si el trabajo lo hizo el estudiante o una herramienta?” “¿Tenemos que capacitarnos en todo lo nuevo que sale?”

Esas preguntas no reflejan falta de compromiso, exponen algo más difícil de resolver: la distancia entre el ritmo al que aparecen las herramientas y el tiempo que lleva comprenderlas. Esa distancia no la generaron los docentes y no se cierra con más tutoriales.

La velocidad tecnológica no desorganiza los dispositivos, desordena los tiempos en que se comprende, se forma criterio y se evalúa qué es lo que funciona. Comprender lleva tiempo, siempre.

La tecnología puede instalarse en días. Entender qué implica usarla, qué decisiones pedagógicas trae, qué aprenden los estudiantes con ella y qué dejan de aprender, eso lleva meses, a veces más, los resultados medibles probablemente aparezcan recién en algunos años; por eso es clave analizar su impacto desde ahora.

No es lentitud, es el tiempo necesario para que algo se integre de verdad a una práctica, no solo que aparezca en ella. Pero ese tiempo no está disponible, lo que hay es presión: actualizarse, incorporar, adaptarse, como si la velocidad de adopción fuera un indicador de calidad educativa, no lo es.

Un docente que incorporó diez herramientas nuevas este año sin espacio para evaluar ninguna no está mejor formado, está más ocupado, que no es lo mismo. Lo que pasa cuando no hay tiempo para procesar. Cuando la distancia entre usar y comprender no se trabaja, aparecen situaciones concretas.

Entonces pasa esto: docentes que incorporan herramientas sin espacio para evaluarlas. Estudiantes que usan lo que la IA produce sin poder distinguir qué es sólido y qué no. Instituciones que construyen normativas mientras todavía están procesando qué está pasando. No es falta de voluntad: es lo que ocurre cuando el tiempo para comprender no está disponible.

¿El resultado? Un sistema educativo corriendo detrás de algo que nunca va a alcanzar. El problema no es usar IA; es usarla sin poder evaluar lo que produce. Pero la educación no puede funcionar bajo la lógica de la actualización permanente, y no porque sea obsoleta, porque su función es otra.

La educación tiene que procesar, tiene que dar tiempo para entender lo que está pasando, para desarrollar criterio, para que docentes y estudiantes puedan pensar sobre lo que están usando, no solo usarlo. Eso no sucede en una jornada de capacitación. No se instala con acceso a una plataforma. No alcanza con saber hacer la pregunta correcta a una herramienta.

La pregunta entonces no es cómo acelerar la educación, es cómo sostener espacios de reflexión en medio de la aceleración.

La distancia entre usar y comprender no se cierra con más velocidad; se trabaja con formación real, con espacio para equivocarse, con criterio para evaluar lo que llega. Eso es lo que este momento demanda.

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(*) Por Florencia Ravazzano, profesora de Diseño y Comunicación Visual, con Diplomatura Superior en IA para docentes y Dip. Competencias Tecnopedagógicas para la Cultura Digital. Desarrolla el Método C·R·I·A para el análisis crítico de IA en contextos educativos.

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Este 2° Artículo integra la serie anual “Criterio frente a IA”.
El 1° Artículo lo pueden leer en el siguiente link.